Era 31 de octubre. Mi día favorito del año sin contar navidad. Justo cayó un viernes lo cual lo hacía aún más perfecto y de alguna forma… especial. Podía sentir que algo estaba por acontecer, no sé si en el mundo entero, pero si en mi camino. Pero de algo si estaba seguro: mis sentidos jamás fallan. Son más certeros que el de los que predicen el clima, me atrevería a decir científicos también. Más certeros y precisos que el de un depredador acechando a su presa, hablando de animales. En realidad, yo era un depredador en busca del más débil de la manada. ¿Cuál era la manada? La raza humana. Tan frágil, escéptica y un tanto patética. Aún así, no pondría a todos en el mismo saco. Ellas fueron lo más cercano a amor que tuve. Fueron dos, las únicas mujeres que amé después de mi madre y hermana. Sí, dos. ¿Qué esperaban? Tengo tan sólo 121 años y hoy cumpliré 122.
Angelina, su cabello tan lacio como el mío, y suave al tacto. Esos ojos del color del océano, labios de rubí. Fuimos inmensamente felices mientras estuvimos juntos. Nos conocíamos desde niños y siempre, estoy seguro, hubo una atracción entre los dos. A mis 18 años me animé a dar el primer paso. Ella me correspondió de inmediato. Nos veíamos a escondidas ya que no me atrevía a pedirle permiso a su padre para cortejarla, pues era casi su hermano mayor, literalmente. Tuvimos un año y unos cuantos meses más de romance a escondidas. De que no habíamos hablado. Boda, del nombre de nuestros hijos y el perro que tendríamos como mascota. Donde viviríamos, a donde viajaríamos y los más importante, como escaparíamos. Todo estaba perfectamente planeado por ambos. En la noche yo iría con la escalera a su balcón y la ayudaría a bajar para irnos juntos hasta el lago, tomaríamos el bote y navegaríamos hacia el sur por días y noches hasta hallar el puerto e ir en el gran barco rumbo a Europa. Cuando estuvimos en el bote, remé hasta perder de vista la orilla. Empezamos a besarnos y a jugar, sin querer la empujé y ella cayó al agua pero no sin jalarme. Yo salí a la superficie riendo esperando por ella, pero nunca salió. Empecé a llamarla y nunca contestó. La habré buscado, a ciegas dentro del agua oscura, aguantando la respiración hasta cuanto mis pulmones me lo permitieran, una y otra vez. Fue en vano… me senté en el bote llorando, recuperé el aliento y volví a entrar. El agua estaba fría, ya no podía sentir mis piernas. El amanecer llegó, ya tenía la luz del día como aliada. Fue cuando vi el mismo vestido blanco de anoche. Algo brillaba en el fondo porque un rayo de sol había tocado su pendiente de piedras preciosas. Ahí estaba mi Angelina, imposibilitada a salir a superficie porque su hermoso vestido se había enredado en unas ramas y troncos acuáticos. Estaba tan cerca a la superficie del agua y al bote y no la vi. La tomé entre mis brazos, la subí al bote como pude y lloré. Su piel estaba fría, pálida, el rubor natural de sus mejillas se había ido. Sus ojos me miraban con culpa y miedo. Ella estaba muerta. Me acurruqué en su pecho por horas, esperando un milagro quizás, no lo sé... cuando recuperé el sentido del tiempo, remé a tierra firme odiándome por primera vez, deseando morir junto a ella, de hecho, ese era mi siguiente plan porque regresar y ver a su padre a los ojos explicándole todo, sería imposible. La enterré y lloré aún más. Fui a Europa solo, después de todo, buscando una vida nueva. Sólo esperaría un año, tan sólo un año. Anhelaba ansioso por noviembre, después de cumplir los 19, justo el día en que se cumpliría un año de su fallecimiento, para ir al mismo lugar y entregarme al mismo lago que le quitó la vida. Dicho día llegó. Todo el dinero que hice, lo envié a mi madre explicándole lo que pasó, diciéndole que cuide de mi hermana y que las amaba a ambas. Remé a ese lago otra vez, visité su tumba y esperé por la noche. Al llegar, estaba listo para terminar con mi vida y reunirme con mi preciada Angelina… fui entrando, lágrimas caían por mi rostro, pero escuché como un palo se partía en dos. No estaba sólo. Quizá un oso… si así debía morir, lo aceptaba. Pronto otro crujir de hojas secas a mi derecha, no era sólo uno, si no dos. De pronto, sentí una respiración a espaldas mías, cerca a mi cuello. Me giré asustado, no había nada. Quizá me estaba volviendo paranoico. Escuchaba risas, las respiraciones en mi cuello y empujones leves. Me giraba a todas partes buscando a alguien, pero nunca vi nada. Sólo sentí un dolor indescriptible en el cuello y el crujir de mis costillas… minutos después me di cuenta que estaba siendo sujetado por alguien con una fuerza súper natural. Caí a la tierra húmeda. Mi cuerpo ardía, sentía mis ojos quemarse. Pronto perdí la vista. Luego otra mordida en la muñeca, esta vez empecé a percibir un fuerte olor a óxido y a tierra mojada. Algo mordió mi pierna. Intenté tocarlos y al hacerlo sentí como si tocara nieve, no, un témpano de hielo pero muy suave. Percibí como tal témpano empezaba a ganar calor, pero era extraño. ¡Podía sentir como un líquido tibio se abría paso dentro de ese témpano! Y no sólo eso, escuchaba su conversación como si fueran gritos y luego como si un río empezara a brotar. Me estaba volviendo loco.
Desperté. No sé si fueron días después o meses. Primero pensé que fue un mal sueño, pero al examinarme, pude ver sangre coagulada en mis muñecas, mi ropa raída y sucia. Mi cabello lleno de lodo. Pero… ¡Podía ver! Pensé que estaba muerto, que sólo era un alma. Iba a amanecer. Algo andaba mal en mi cuerpo. Tenía hambre, pero no de comida… quería algo más. Podía ver claramente los altos pinos, podía ver la forma del águila volando tan arriba muy nítidamente. Podía ver sus ojos pardos. Me sorprendió algo. Al pasar el águila, pude oír el latir de su corazón y su aleteo. Luego Percibí un olor a animal, sentía una presencia muy cerca de mí. Un corazón latiendo rápidamente empezaba a bombardear mis oídos. Era como si un baterista tocara en mi oreja. Las cubrí como pude e intenté correr. Puedo jurar que di 3 pasos, al girarme, la tumba de mi Angelina estaba a 20 metros lejos de mí. Me detuve a escuchar, ¿De dónde podía venir ese latido? Pronto vi al dueño aparecer. Era un oso, uno inmenso. Pude oír su sangre recorriendo su cuerpo y en el aire percibí un aroma extraño que luego comprendí era el mismo que expulsaban todos los animales al sentirse amenazados. Sólo huí de él y no fue tan rápido para alcanzarme. De pronto un rayo de sol salió, tocó mi piel y me quemó. Esto tenía que ser un mal sueño. Me oculté en una cueva. El sol me hacía daño. A mis ojos y a mi piel. Pronto, descubrí que tenía fuerza no humana y mis 5 sentidos se habían agudizado. Con el paso del tiempo, podía exponerme al sol por no más de 3 minutos, podía comer pero no hallar satisfacción y lo peor, aprendí que las personas tenían aromas, diferentes cada uno, unos muy irresistibles y cada que pasaba eso, perdía el control, me volvía un monstruo y mordía lugares del cuerpo por donde sentía la sangre pasar por montones. El cuello, las muñecas y cerca a la ingle. Me asusté de mi mismo, quise quitarme la vida. Lloré por meses intentando controlar esa sensación de desesperación al no tomar sangre, pero era en vano. Pero como dicen, con el tiempo uno aprende. Los años no pasaron en vano. Necesitaba sangre de vez en cuando, mis ojos se volvían blancos cuando tomaba sangre para teñirse del color de la misma, y por cierto, ya no eran cafés como lo fueron una vez, ahora eran plomos verduzcos. Extraño. Vagué por mi pueblo y luego a Europa. Buscaba trabajos, cualquiera, para distraerme y no pensar en sangre. Me quedé en Inglaterra al final. Luego… no puedo creer que me enamorara por segunda vez. Pero tuve que dejarla… Cuando vi como el ciclo natural de los vivos la consumía… me alejé sin esperanza alguna. Un ciclo que debió consumirme a mí también, pero todo salió mal, como ya expliqué. Eso ya no importaba de todas formas. Nunca pasó por mi mente interrumpir tal ciclo aunque ella me lo pidió desesperadamente, era la única forma de estar juntos para siempre. Aún podía ver su hermoso rostro ya empezando a marchitarse por el paso del tiempo confesando que tenía una enfermedad incurable, pidiéndome por última vez que la escuchara. Yo la amaba demasiado para querer convertirla en un ser tan miserable como yo. Todavía recuerdo como me confundían por su hijo al ver nuestra diferencia de edades. Ella 43 y yo rosaba los 20 cuando en realidad yo tenía 86. A pesar de ello, para mí seguía luciendo como la muchacha de 15 años que vi ese día revoloteando junto a las mariposas en ese campo de lilas, con el típico vestido pomposo y ceñido en su cintura, era blanco como las nubes de ese nublado atardecer. Ese preciso día, pude sentir como mis sentidos me alertaron que algo interesante ocurriría. Esperaba una lluvia deplorable, pues percibía un muy fuerte olor a humedad en el aire, o bien un eclipse lunar, pero jamás descifré que este maravilloso ser estaba a punto de cruzarse en mi camino. De hecho, ella iba a ser mi cena ese día, pero no me atreví a tan sólo tocarla. Fue amor a primera vista. Yo tenía ya 71 años… pero mi apariencia decía lo contrario. Ya me había hecho la idea de tener 20 para siempre ¿Tenía otra opción? Elizabeth era rubia, de ojos azules. Era de alta clase. Su padre era el consejero del rey y protector de sus tres hijas mujeres. Elizabeth era rebelde a diferencia de mi Angelina y nunca dejé que se me acercara tanto. Temía que me tocara. Nos veíamos a escondidas en el mismo claro en el que nos vimos por primera vez. Conversábamos de su gusto por los libros, la repostería y las lilas. Yo le conté que amaba la música y que sabía tocar el piano. Me invitaba a su casa a tocarle a su padre para que me apruebe como amigo suyo, a que le de clases, que sea su tutor pero yo siempre me negué. Era curiosa, muy curiosa. Ambos admirábamos la belleza de la naturaleza y de los animales, jugábamos a las escondidillas en el bosque y un día por accidente la toqué. Se sorprendió por lo frió que estaba e insistió en invitarme a tomar una taza de chocolate con ella esa misma tarde. Acepté por tonto. Su padre me miraba raro, mentí diciendo que venía desde Francia y mi padre era un médico. Entonces me sonrió y me animó a tocar piano y lo hice. Sólo para complacerla. Luego, nos besamos un par de veces los meses siguientes. Nunca pedí permiso para cortejarla. Sabía que lo nuestro era imposible. Por eso mismo, su padre me odió y me prohibió verla. Si no quería algo serio con su preciada hija, que no volviera a aparecer. Pero claro, ella se las ingeniaba para encontrarnos. El tiempo pasó, ella se casó, pero seguía amándome como yo a ella. Tuvo un hijo, a los 20 años. Era un niño hermoso e igualito a ella. Como curiosa que era, vio que yo no envejecía y que nunca tomaba sol. Le dije que mi piel era muy sensible y que de hecho si estaba envejeciendo, pero ella no lo notaba. Ella confiaba ciegamente en mí. A medida que transcurrieron 20 años más, salíamos más a seguido a caminar por la ciudad en la noche. Éramos amigos, supuestamente. Todos creían que yo era amigo de su hijo, quien ya tenía mi edad. Empezaron a mirarla mal por andar con un muchacho joven como yo por lo que tuvimos que dejar de vernos tan seguido. Un día, un miércoles que debíamos encontrarnos, ella nunca fue. Yo sabría que no iría, de alguna forma, nunca sentí su corazón latiendo rápidamente a través del bosque, como otras veces. Fui a su ventana. Sentí su piel arder sin tan sólo tocarla, ella sufría. Abrí la ventana, ella al verme intentó sonreír. Ella tomó mi mano y supe que el latido de su corazón empezaba a extinguirse. Su pulso disminuía. Le confesé mi naturaleza. Era un monstruoso ser sediento de sangre, de vidas. Me despedí ese mismo día. Me rogó e imploró. Fue la noche más triste después de la de Angelina. Fui a su entierro.
Habían pasado 36 años. Terminé en Montreal caminando por las calles de Crescent ese 31 de octubre. El invierno se empezaba a hacer notar y el frío se hacía más intenso a cada segundo, pero eso no iba a impedir los días de fiesta. Al fin podría sacar del sótano mis trajes del siglo pasado, usarlos y pasar desapercibido. Para mí, la mejor moda fue la de mi época. Amaba mi ropa, y es por eso que amaba 31. Podía usarla sin llamar la atención. ¡Era Halloween! Podía dejar de usar por dos días los jeans y sacos de vestir. Si había algo que me gustara de Montreal era la diversidad. Gente de todos los países del mundo unida aquí, trayendo los aromas de las playas, la selva, de los desiertos. Era delicioso para mi olfato. Había desde mujeres vestidas de rameras hasta de las cavernas. ‘Gatitas, diablas, angelitas’ por montones. Era lo único que vestían las mujeres hoy en día mostrando descaradamente más de lo que deberían y provocando a los hombres. Si ellas pudieran sentir y ver la energía desprendiéndose de los hombres al verlas en tales ropas.
Mientras caminaba, no faltaba la que se me insinuara con miradas. Las ignoraba. Me había acostumbrado a ello. Los hombres vestidos de superhéroes y cortesanos, reyes franceses y soldados. Sentí claramente como el aire se retiró por unos segundos. Iba a llover. Empezaron a caer gotas de agua ligeras. El alboroto aumentó. Gente corriendo de un lado a otro cubriéndose de la lluvia. Me metí a un Tim Hortons a refugiarme y pedí un chocolate caliente. Lo bueno es que la lluvia se iría en 16 minutos. Pasados, salí de nuevo. El piso estaba resbaloso. El semáforo cambió a verde. Un instinto me dijo que no me moviera. A lo mejor esto es lo que pasaría el día de hoy.
-¡No puedo creerlo!-gritaba una chica.-¡Son tan sólo las 11:09 de la noche! Eres tan patético y me das asco.
Me giré la chica estaba a casi media cuadra lejos. Pero no era necesario tener oídos agudos para escucharla.
-¡Mi amor te dije que ella se me lanzó encima! ¡Yo no quise besarla!-venía un muchacho detrás de ella vestido de Batman.
-¡Ojala sólo la hubieras besado. Eres un cerdo!- volvió a chillar pero esta vez, su voz se quebró. Limpió una rebelde lágrima. Caminaba empujando a todos con su ala rota. Era un hada. Miré el semáforo, era el color ámbar y la chica no miraba por donde iba. ¿Un accidente? Si cruzaba la calle, un carro iba a golpearla.
Me paré delante de ella evitando su pasada, así se detendría. Lo gracioso fue que se detuvo, pero sus zapatos de tacones la engañaron. Pisó mal y pude ver en cámara lenta como su cuerpo, su cabeza iban dirigiéndose hacia el otro lado de la esquina. Un bus venía, el chofer miraba su reloj. Como pude la jalé de un brazo y la mandé directo a la pared de atrás mío. Pude ver su expresión de dolor.
-¡Perdón!-me disculpé de inmediato.
-¡Oh por Dios!-susurró. El bus pasó como si nada a toda velocidad. Si no la hubiera lanzado, probablemente su cabeza estaría en media pista ahora mismo y la sangre por todas partes… creo que si eso hubiera pasado, podría haberme robado un brazo. Un snack para el camino, ¿No?
Es broma.
-¡Mi amor!-se dirigió Batman hacia ella.-¡Eres un idiota!-me insultó e intentó golpearme. Sostuve su brazo en el aire y lo apreté con fuerza hasta que lo escuché quejarse. Lo solté. La chica me sonrió al verme y agradeció.
¡Mirada seductora de nuevo!
Seguí caminando, convencido de que este era el evento de hoy. Era hora de divertirse y beber un poco. Me dirigía a ‘La Mouche’ había escuchado que estaría lleno de gente hoy con unos cantantes invitados. Egipcias, Babilonias, futbolistas, Lady Gaga… me llamaba la atención cada disfraz. De pronto una energía me dio escalofrío. Miré a todas partes. Me detuve buscando el color de esa energía. Parecía un idiota dando vueltas en plena cuadra. Sentí miedo. Seguí caminando, pero alerta. Fue cuando al frente, justo cruzando la calle Peel, una mujer vestida con un pomposo vestido rojo, ceñido a su cintura, el cuello en forma de ‘V’ sobre sus pechos, caía de sus hombros como por accidente. Se formaban como bombas de aire en vez de mangas que llegaban hasta un poco más debajo de los codos. Podía ver sus hombros desnudos y su cabello lacio, castaño oscuro cayendo a los costados naturalmente. Sus labios rojos como la sangre y sus ojos delineados. Caminaba con apuro, evitando chocar con la gente yendo en dirección contraria. No sólo el color y sensación de su energía, pero si su esencia. Era amarga como el café, pero deliciosa. Nunca había sentido tal esencia. No humana. Se giró hacia mí como si supiera que yo la miraba. El color brillante de su energía se volvió oscuro, negro, y fue al rojo abruptamente. Volvió a girar para reírse de mí. Mi piel se erizó. Había pensado en que quizá hubiera otros como yo por ahí, pero no esperaba cruzarme con ellos tan pronto. Ni siquiera sabía si ella era lo que yo era o algo peor… me giré para ir tras ella. Eso era lo que ella quería.
Megeritt. Eso se escribió en mi mente repentinamente. Deduje que era su nombre. Me dispuse a seguirla sin importar si ella lo supiera o no. Sólo deseé seguirla y mis instintos me dijeron que así sería hasta el fin… Y mis instintos jamás se equivocaban.
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